jueves, julio 22, 2004

Mi hijo vale más que las pesetas

Eso deben de estar pensando los padres del protagonista de una noticia aparecida en los telediarios nacionales de Japón y que tuvo lugar en un colegio cercano a mi casa. Si no, el niño estaría en un orfanato.
 
En Japón, los estudiantes se pasan mucho y discriminan a sus compañeros a la mínima. Por eso todos hacen lo mismo. Llevan  el mismo uniforme, el mismo tipo de mochila (de cuero, o similar, de color negro los chicos y rojo las chicas), etc....
 
Hay un gran número de suicidios infantiles y de acciones violentas entre compañeros. También son comunes las novatadas, putear al nuevo que se apunta al equipo de fútbol (o de lo que sea) haciéndole llevar las mochilas de todos...  Lo más alucinante es que esta gente está esperando a que llegue otro para poder putear ellos. Y yo más, deben de decir.
 
Esto ocurre a todos los niveles sociales (las suegras con las nueras es un caso típico, y las nueras están deseando que se casen sus hijos para tener alguien a quien hacer la vida imposible). Debo recalcar que, aquí, el tipo de lenguaje y lo que puedes o no hacer varia en función del rango de la persona a la que te diriges, y eso se mantiene generación tras generación. Nadie dice "a mí no me gustaba así que no lo voy a hacer". Gran parte de las relaciones se basan en la hipocresía y tampoco se habla claro, todo son giros del lenguaje para no decir. "No" es una palabra que no se escucha. Otro día más sobre esto.
 
Sin embargo, el caso que nos ocupa es de otro tipo, pero no menos frecuente. La extorsión. En las (malas) películas americanas estamos acostumbrados a ver al cabroncete de la clase quitándole el dinero del almuerzo al pardillo de turno. Pero eso son minucias para los japoneses. Aquí hablamos de dinero de verdad.
 
Los protagonistas son dos chavales de sexto curso de primaria. Uno extorsionaba al otro para que le diera dinero, y la víctima, utilizando la tarjeta de crédito de sus padres, ¡¡¡¡llegó a sacar más de un millón de yenes!!!! El mafiosete debió de pensar que tenía aseguradas las golosinas para toda la vida, pero... la avaricia rompe el saco.
 
Debería haber en las tarjetas de crédito una advertencia igual que la de los medicamentos, con aquello de "Mantener fuera del alcance de los niños"... yo la pondría incluso en la tarjeta de descuento del supermercado; por si acaso.