miércoles, marzo 02, 2005

Instruyendo

Con treinta niños por aula, viento en popa a toda vela, tres extranjeros nos fuimos ayer a un colegio de primaria cercano para hablar de nuestros países a niños de 3er curso (9 años). Me sorprendió ver que, al igual que en las casas japonesas, al entrar al colegio tuvimos que cambiar nuestros zapatos por zapatillas de estar por... el colegio.

El edificio (feo como él solo) era espacioso y estaba bastante bien conservado, aunque algún mobiliario ha sido testigo del paso de más de una generación de japoneses (¡Éste es el pupitre de mi abuelo!). En las aulas, los niños estaban colocados de dos en dos formando tres columnas (dobles). Tranquilizador detalle ver que, en las escuelas primarias públicas, no es obligatorio el uniforme, aunque los niños llevan sus sempiternos pantaloncitos cortos haga frío o calor. Como en los años 40. Asimismo, me soprendió ver que se cambiaban de ropa (¿de clase de gimnasia?, ¿del recreo?) todos juntos en clase. Propongo adoptar ya este sistema de vestuario mixto para el gimnasio (al que voy).

Las clases fueron bien, yo a pesar de ser maestro, no me sentí en mi salsa hasta la tercera y última vez, donde ya les cogí el pulso a los niños japoneses, que por cierto, se portaron muy bien, mostraron interés y venían con los deberes hechos.

Al finalizar, nos quedamos a comer con ellos. A la hora de la comida, los niños colocan las mesas del aula en dos hileras dobles. La comida viene en un carrito, con el menaje. Uno de los estudiantes reparte la comida al resto, que pasa en fila, como en una mili benigna infantil.

Una niña, que a estas horas ya habrá fundado mi club de fans me trajo mi bandejita y luego se molestó en venir (varias veces, pero la última) a recogerla. El banquete consistió en : un plato de ensalada (maíz, ¡garbanzos! que no saben cómo se llaman y creían que era soja, pepino y lo que podía ser trocitos diminutos de carne de cerdo o bien lampazo), una hamburguesa en pan (de hamburguesa), un plato de pilaf (algo con patatas, etc.) todo ello regado con un caldo de ubre de vaca envasado en botellines de 200 mililitros. Estaba muy bueno.

Los tiernos infantes tuvieron para conmigo la amabilidad de dedicarme los siguientes comentarios: Qué alto eres (mido 1'79 m, ignorantes, sig), qué nariz tan grande (sig), qué guapo (llegará lejos esta criatura), dáme tu número de teléfono (uuups, no tengo...), e incluso un niño (sí, con o), quería casarse conmigo (¿se habrán pensado que soy Michael Jackson?, sig).

¿Habrán hecho los deberes?