martes, noviembre 09, 2004

Como un toro

No, no les voy a hacer un análisis sociocultural desde el punto de vista de Jesulín de Ubrique. Resulta que nos acabamos de apuntar al gimnasio, y espero que ése sea el resultado, aunque sin los cuernos.
Los japoneses que trabajan de cara al público tienen un manual de comportamiento que varía en función de la empresa, pero en el que detallan todo, todo, todo. Porque si no, por lo visto la gente protesta. Y yo me pregunto si es que tienen mucho tiempo libre, porque al apuntarnos nos leyeron el maldito folleto con las instrucciones y recomendaciones de uso, pero el primer día, con la excusa de enseñarnos el funcionamiento del gimnasio, las máquinas, etc., ¡nos lo volvieron a leer! ¡y más despacio!
Uno que no había visto hoja verde en su vida, pues se queda maravillado de tanta máquina y tanto cacharro deportivo. Aunque lo más divertido sea lo más simple y común: la báscula (he perdido desde que he venido a Japón), el aparato para tomar la tensión (baja, bajísima), el aparato para medir la altura (mido por lo menos un centímetro menos de lo que pensaba. Sin embargo mi mujer ha crecido, ¡a su edad!) y otro que calcula el porcentaje de grasa del cuerpo (normal).
Si ustedes piensan que el gimnasio está lleno de bellezas esculturales que trabajan su cuerpo hasta la extenuación, están equivocados, al menos en Japón. El 85% de los usuarios son abuelas (una pequeña fracción se queda en señoras maduras) y del 15% restante, tres cuartas partes son abuelos. También puede ser que en el turno de mañana (que es el más barato) sólo vayan los jubilados, pero en Japón es un poco raro.
Mención aparte merece la piscina. La temperatura del agua es ideal, nada de shocks fríos y retemblores al entrar. Calentita, como debe ser, y acompañada por un jacuzzi (sin rubias, ni champán), una piscina de hidromasaje y una sauna. A esta última no le veo la gracia. El calor no es insoportable, pero la humedad es asfixiante.
Hoy he acompañado a mi señora a la clase (gratuita) de baile latino. Es triste ver cómo todas las abuelas bailan mejor que yo, pero me consuelo sabiendo que soy (junto a mi mujer) la única persona que entendía la letra de las canciones... Triste, ¿verdad?
Pero el detalle más ridículo y sorprendente es el vestuario masculino (al femenino no me dejan entrar). La enorme mayoríade los señores, una vez desnudos y encaminados a la ducha, colocan la toalla, una bolsa, o las manos delante de la entrepierna para no asomar ni el mínimo resquicio de su pene y sus testículos. No es que tenga ningún interés personal ni urológico en contemplar la dotación de cada uno (más bien al contrario), pero me parece ridículo el que unos señores que se suponen adultos sigan jugando al "no me veas la pilila, Maripili".