lunes, diciembre 12, 2005

¡Sin bolsa!

Japón es un país en el que todo va envuelto hasta extremos insospechados. Por fuera y por dentro. Incluso los paquetes de galletitas están repletos de envoltorios individuales.

La bolsa viene por defecto (exceso, diría yo) en todos los establecimientos, a veces, incluso, de dos en dos. En el supermercado que tengo enfrente de casa, puedes avisar de que no deseas bolsa, caso en el que añaden tres eco-puntos (eufemismo de yenes) a tu cuenta. Sumándose a los conseguidos mediante compras o promociones, al llegar a 250 puedes sacar un bonito bono descuento.

Sin embargo, lo más espectacular son las panaderías-bollerías. Una buena opción para matar el gusanillo a la hora de la merienda. Una vez presentas el o los productos deseados, la dependienta pasa a introducirlos de uno en uno y de forma automoática en pequeñas bolsas transparentes que se verán introducidas en una mayor con el logo de la tienda. Gran idea para que no se chafen entre sí ni se mezclen los sabores si lo que pretendes es llevarlos hasta casa. Pero si tu intención es comértelo a la salida, allí mismo, de nada sirve decir "Sin bolsa, por favor", porque lo que entienden es "Sin bolsa grande, por favor" y pasan a meterlo invariablemente en la pequeñita transparente.

Esto es un engorro, porque Japón no es precisamente famoso por la gran cantidad de papeleras de las que dispone, más bien todo lo contrario (además de que hay que separar la basura para quemar de la que no se puede quemar, etc. Frédéric Boilet lo cuenta muy bien en su historia en el libro Japón), y acabas con una bolsita que no te sirve para nada con la que no sabes muy bien qué hacer. Por no hablar de ecología, gasto inútil, reciclaje y contaminación, para un producto que cumple una función absurda durante segundos.

Así que, el otro día, justo antes de que diera comienzo a la operación (hay que ser rápidos, se lo aseguro) afirmé "Déjelo así, por favor". La cara de horror de la dependienta no tenía precio. No se podía creer qué tipo de salvaje era yo que se atrevía a cuestionar el manual de conducta de consumo en Japón. Como si le hubieran dicho aquello de "La bolsa o la vida". Un espectáculo cautivador que, tengan por seguro, pienso repetir.