jueves, noviembre 09, 2006

Spore vol.4 (El amor internacional)

Por fin está en la calle el número 4 de la revista Spore, que tiene el honor de contar con Little Fish como uno de sus ideólogos. Incluye colaboraciones de gente tan ilustre como Ken Niimura, Aurelia Aurita y Little Fish. También aparece un artículo que me encargaron hace más de un año sobre el amor internacional. Les dejo la traducción más abajo por si les apetece leerlo. Si quieren comprar la revista (en japonés), pueden hacerlo aquí.


El amor internacional

Mucho ha cambiado la cosa desde el truncado romance entre Paris y Helena y, por suerte, tampoco se producen altercados como los de antaño entre Montescos y Capuletos. Y es que un caballo gigante de madera en la puerta, definitivamente, no pega con la decoración de mi hogar, y el suicidio, qué quieren que les diga, siempre me ha resultado poco atractivo a pesar del aura de romanticismo que se empeñan en darle, curiosamente, los vivos.

Hoy en día, con Internet, la Declaración de los Derechos Humanos y los vuelos regulares a cualquier parte del mundo, resulta mucho más fácil sacar adelante una relación entre personas de diferentes nacionalidades de lo que hubiera sido, por ejemplo, para la generación de mis abuelos o, sin ir más lejos, la de mis padres.


No debemos obviar, sin embargo, que las respectivas familias no suelen dar, precisamente, saltos de alegría al enterarse de que uno de sus vástagos es partidario del amor internacional. No ya tanto por desconfianza o recelo hacia los extranjeros (que de todo hay), ni por diferencias sociales o religiosas (que también), ni siquiera por el “qué dirán”, sino sobre todo porque la gran mayoría de las madres desearían que sus hijos vivieran, como mucho, a la vuelta de la esquina. Depende de las habilidades sociales de cada uno el poder responder adecuadamente a la situación.

Aun así, y como en todo, hay matices y grados. Pocas serán las dificultades que deban afrontar un monegasco y una francesa si las comparamos con las que puedan darse entre, es un decir, un español y una japonesa; o, dado el caso, entre un monegasco y dos francesas...

Y es que, más que en internacional, el peligro se halla contenido en “intercultural”. Cuando el amor ciego va recuperando la vista, cosas como la forma de plegar los calcetines, los horarios de las comidas o el lado de la cama en el que duerme cada uno. se convierten en problemas capaces de dar pie a encendidas discusiones (afortunadamente, no es mi caso).

Ayuda poco que los amantes hablen diferentes idiomas, a menos que uno sea Marcel Marceau, ya que, aunque hay quien vive el aprendizaje de otra lengua como un atractivo reto de superación personal y encara la labor con interés, a otros la pereza les puede, y su experiencia acaba por recordarles a la de Perséfone, quien, tras casarse, emigró para vivir en el infierno. Se corre peligro de acabar como esos viejos matrimonios que llevan años sin dirigirse la palabra.

El verdadero problema se halla en la creencia presente en todas las culturas de que su modo de vida es perfecto, verdadero, único e inamovible. Dogma de fe de esa enfermedad pseudorreligiosa llamada patriotismo. Después de toda una vida, la costumbre es una fuerza poderosa que sólo puede combatirse con humildad, autocrítica, sudor y lágrimas a partes iguales, junto a una necesaria dosis extra de paciencia, escepticismo e indolencia.

Mas, ojo, no les garantizo el éxito de la receta. Incluso hay quien se fabrica su propio placebo y le funciona. Mejor que no pierdan los ánimos, porque el amor internacional es una de las pocas formas que nos quedan para salvar el mundo de sí mismo. Así que, tiren la casa por la ventana, hagan las maletas y, la próxima vez que se crucen con un extranjero, sonríanle; seguro que estará encantado de invitarles a un café.

1 comentario:

Ingrid dijo...

Lo de los idiomas, claro, todo depende de las personas. Yo estoy enamorada de un Inglés y en 3 meses aprendí a hablar más inglés del que jamás me hubiera imaginado (teniendo en cuenta que es mi primer año en este idioma).
Yo creo que en materia de comunicación, el único problema es del que no quiere comunicarse. Siempre hay formas de hacerlo más allá del idioma, lo importante es que tu quieras transmitir algo.