lunes, febrero 27, 2012

A flor de piel (de cerdo tailandés)

El devenir de los tiempos ha hecho que (para bien o) para mal (definitivamente, para mal) se haya perdido la costumbre de obsequiar al maestro con una manzana al inicio de la clase. Esto me entristece, no sólo como profesional de la educación, sino también como ser humano; y como amante de las manzanas. Si la madrastra de la bella durmiente levantara la cabeza...

Dejando la fruta a un lado, no es ningún secreto mi desmedida afición por los torreznos, es más la proclamo a los cuatro vientos a la mínima oportunidad que se me presenta. Y aquí tienen el porqué: todavía quedan alumnos de buen corazón. A mi vuelta de España les ofrecí una bolsa de torreznos patrios que tuvo bastante éxito. Para corresponderme, me trajeron de un viaje de negocios a Tailandia ¡dos versiones asiáticas y exóticas de dicho manjar!

La primera es la más cercana a nuestra manera de prepararlos. Tienen la misma textura, aunque son mucho menos salados y están condimentados con (lo que creo que es) hierba de limón. Como la etiqueta está en tailandés, no he sido capaz de confirmarlo. No debería haberme saltado las clases de tailandés en la escuela primaria...




La segunda versión, alargada y anaranjada (permítanme la aliteración), está más próxima a la cocina china. De sabor más intenso, es absolutamente crujiente y ¡dulce! Aunque se hace extraño en un primer momento, en seguida se le coge el gusto y llegan a ser adictivos.


Y es que la piel, aunque sea de cerdo, puede llegar a ser algo muy profundo.

lunes, febrero 20, 2012

Brindando al Sol en plena noche

"Gracias a la crisis ha disminuido el número de borrachos en Tokio", me comentaba un amigo la semana pasada. "Ahora se ven muchos menos", añadía. Sin embargo, lo que tenemos aquí es una crisis de juguete comparada con la del resto del mundo, y la figura del oficinista trajeado y alcoholizado siendo una parodia de sí mismo no está extinguida, ni mucho menos.

Hace un par de días, al subir a la línea Chuo en la estación de Shinjuku tuve un avistamiento. Ahí estaba durmiendo la mona, sosteniendo a duras penas una lata de bebida alcohólica con la que había regado el suelo del vagón, otra de reserva en la bolsa de plástico (se ve que si no es coma etílico no vale) y una bandejita con trocitos de queso descansando en el asiento contiguo.



Al abrir un ojo e intentar cambiar de postura, tiró el queso. Y aunque demostró que no le importaba comerse los trozos que habían caído al suelo (señores, el alcohol lo desinfecta todo, ya lo saben), es cierto que (¡con una sola mano! en el más difícil todavía) intentaba devolver algunos a la bandejita. Pero como si de un Pepe Viyuela japonés se tratase el desastre era cada vez mayor.



Mi deseo de volver a casa fue mayor que la curiosidad por presenciar el final de la escena, así que cada uno de ustedes tendrá que ponerle uno de su propia cosecha.

¡Salud!