miércoles, noviembre 29, 2006

Quo vadis?

















En la gloriosa tradición del papel de llegar tarde (que, por cierto, ha estrenado nuevo modelo), Japan Railways tiene otro de esos sistemas simples-pero-eficaces para estudiar los flujos de pasajeros entre estaciones (no les debe de gustar contar los billetes usados). Teóricamente, el papelito que nos daban tras pasar las máquinas canceladoras de la estación de Ikebukuro había que entregarlo a algún empleado en la estación de destino, pero como cada vez soy peor ciudadano, y mi carácter de viejo cascarrabias se va agriando con el tiempo cual botella de vino picado, he preferido entregárselo a ustedes.

domingo, noviembre 19, 2006

Las batallitas del abuelo

El 3 de noviembre, Día de la cultura, se celebró en Asakusa el 時代祭 Jidai Matsuri, una procesión en la que desfilaba lo más granado de la ciudad: los vistosos bailes de las garzas blancas y del dragón dorado, personajes de época y muchos samuráis. Como pueden comprobar, la gallardía de los aguerridos guerreros no dista mucho de la de nuestros alabarderos de la Semana Santa. Ambos inspiran pavor, pero por motivos distintos a lo que les gustaría. La foto no lo refleja bien, pero el anciano de verde daba la impresión de pesar menos de 50 kilos (aunque yo estoy en 58.8 ahora), y andaba con la gracia de un atleta de marcha lumbálgico. Me complacería pensar que la nostalgia militarista no está en sus mejores momentos, pero fue triste ver unas abuelas (¿tal vez sus abuelas?) diciendo que qué monos estaban unos niños disfrazados de samuráis poniendo posturitas con sus espadas y disparando muerte imaginaria al público con sus rifles. A mí me encantaba jugar de niño con espadas y pistolas, pero no creo que mono sea el mejor epíteto.




























































Fotos: Miguel Sierra

Contra la sed

Para no tener que estar llamando siempre al camarero, y mucho más cómodo que la tradicional jarra, el minibarrilito dispensador viene de perlas.




















Foto: Miguel Sierra

jueves, noviembre 09, 2006

Spore vol.4 (El amor internacional)

Por fin está en la calle el número 4 de la revista Spore, que tiene el honor de contar con Little Fish como uno de sus ideólogos. Incluye colaboraciones de gente tan ilustre como Ken Niimura, Aurelia Aurita y Little Fish. También aparece un artículo que me encargaron hace más de un año sobre el amor internacional. Les dejo la traducción más abajo por si les apetece leerlo. Si quieren comprar la revista (en japonés), pueden hacerlo aquí.


El amor internacional

Mucho ha cambiado la cosa desde el truncado romance entre Paris y Helena y, por suerte, tampoco se producen altercados como los de antaño entre Montescos y Capuletos. Y es que un caballo gigante de madera en la puerta, definitivamente, no pega con la decoración de mi hogar, y el suicidio, qué quieren que les diga, siempre me ha resultado poco atractivo a pesar del aura de romanticismo que se empeñan en darle, curiosamente, los vivos.

Hoy en día, con Internet, la Declaración de los Derechos Humanos y los vuelos regulares a cualquier parte del mundo, resulta mucho más fácil sacar adelante una relación entre personas de diferentes nacionalidades de lo que hubiera sido, por ejemplo, para la generación de mis abuelos o, sin ir más lejos, la de mis padres.


No debemos obviar, sin embargo, que las respectivas familias no suelen dar, precisamente, saltos de alegría al enterarse de que uno de sus vástagos es partidario del amor internacional. No ya tanto por desconfianza o recelo hacia los extranjeros (que de todo hay), ni por diferencias sociales o religiosas (que también), ni siquiera por el “qué dirán”, sino sobre todo porque la gran mayoría de las madres desearían que sus hijos vivieran, como mucho, a la vuelta de la esquina. Depende de las habilidades sociales de cada uno el poder responder adecuadamente a la situación.

Aun así, y como en todo, hay matices y grados. Pocas serán las dificultades que deban afrontar un monegasco y una francesa si las comparamos con las que puedan darse entre, es un decir, un español y una japonesa; o, dado el caso, entre un monegasco y dos francesas...

Y es que, más que en internacional, el peligro se halla contenido en “intercultural”. Cuando el amor ciego va recuperando la vista, cosas como la forma de plegar los calcetines, los horarios de las comidas o el lado de la cama en el que duerme cada uno. se convierten en problemas capaces de dar pie a encendidas discusiones (afortunadamente, no es mi caso).

Ayuda poco que los amantes hablen diferentes idiomas, a menos que uno sea Marcel Marceau, ya que, aunque hay quien vive el aprendizaje de otra lengua como un atractivo reto de superación personal y encara la labor con interés, a otros la pereza les puede, y su experiencia acaba por recordarles a la de Perséfone, quien, tras casarse, emigró para vivir en el infierno. Se corre peligro de acabar como esos viejos matrimonios que llevan años sin dirigirse la palabra.

El verdadero problema se halla en la creencia presente en todas las culturas de que su modo de vida es perfecto, verdadero, único e inamovible. Dogma de fe de esa enfermedad pseudorreligiosa llamada patriotismo. Después de toda una vida, la costumbre es una fuerza poderosa que sólo puede combatirse con humildad, autocrítica, sudor y lágrimas a partes iguales, junto a una necesaria dosis extra de paciencia, escepticismo e indolencia.

Mas, ojo, no les garantizo el éxito de la receta. Incluso hay quien se fabrica su propio placebo y le funciona. Mejor que no pierdan los ánimos, porque el amor internacional es una de las pocas formas que nos quedan para salvar el mundo de sí mismo. Así que, tiren la casa por la ventana, hagan las maletas y, la próxima vez que se crucen con un extranjero, sonríanle; seguro que estará encantado de invitarles a un café.

jueves, noviembre 02, 2006

Juan¿es?

Con el propósito de matar el tiempo que me quedaba libre entre mi última clase y una cita importante, esta tarde me he acercado a Shibuya para presenciar en la tienda de discos HMV un miniconcierto promocional de la gira que Juanes va a empezar por Japón. En teoría, sólo podían acceder al recinto los portadores de una entrada que iba incluida en su último disco editado por estas tierras (que, huelga decir, no he comprado, hay mejores músicos, compositores y sobre todo letristas que él). A falta del salvoconducto, he desempolvado el viejo encanto Micko y me han dejado pasar.

En total habría algo menos de 50 personas, entre las que nos contábamos 5 representantes del sexo masculino, así que al menos 45 eran guapas. Tras el sempiterno presentador japonés de los chistes malos ha aparecido en escena Juanes con el pelo rapado (como yo) acompañado de un guitarrista (bastante bueno) para ofrecer 4 canciones en acústico. Por lo visto, alguien se ha molestado en crear le idea de que en los conciertos de Juanes las chicas han de tirar sujetadores al escenario, pero, como esto es Japón y las chicas son pulquérrimas japonesas, ¡los sacaban de una bolsa! ¡nuevos! ¡limpios! Aparte de que tirar un sujetador al escenario es bastante cutre, tirar uno recién comprado y sin usar es de lo más antifetichista.

Terminado el concierto y tras un ¡SOS!o intercambio de preguntas entre el presentador (aah), Juanes (diciendo lo mismo que dicen todos) y el público (auchs), se ha formado una fila para saludar al colombiano y entregarle sus regalos. Una echaba lagrimitas, otra le apretaba las manos haciendo reverencias, incluso ha habido una que le ha frotado la cabeza (yo llevo el mismo peinado, pero les aseguro que no hay forma de convencerlas...).

Y es que no entiendo eso de perder la cabeza con los famosos (mucho menos con los productos), que son tipos que pueden hacer sus cosas mejor o peor, pero que, en el fondo, son tipos. Una vez le dijo Javier Bardem a una entrevistadora que le tiraba los tejos algo como: "Si yo fuera el panadero de la esquina, tú no me mirarías dos veces". Y qué razón tenía. El nivel de interés (dejando aparte el tema de negocios) de un famoso interesante es equivalente al de un desconocido interesante (y a la parte contratante de la primera parte); y el de cretinismo es el mismo que el de alguien anónimo, aunque el primero sea el doble de peligroso... Que Juanes pueda ser de los interesantes, no lo cuestiono aquí, pero no hay que dejarse engañar. Incluso yo tengo mis defectos. Que ya tenemos cierta edad...

Y menos mal que me he enterado de que su nombre es la abreviatura de Juan Esteban; por un momento, temí que fuera un plural y que hubiera dos. Menudo susto.