viernes, febrero 24, 2006

Más perros que Joseph

Anteayer intenté abrirme una cuenta bancaria y me fue imposible. Uno es sabedor de que tiene poco dinero, pero me domina, de todos modos, la extrañeza de que parece ser que nignún banco de todos los que visité quiere mi dinero. Requisito imprescindible es poseer un hanko, un sello con el que estampar la firma, cosa de la que el que les habla carece y abomina.

Y es que por muy tradicional que sea la estampita, me parece una tontería de libro, como todas las tradiciones que pierden su sentido, su utilidad, con el tiempo, pero que se conservan y se quieren conservar. Me toca las narices porque, que yo sepa, el hanko no es un documento nacional de identidad obligatorio y avalado por el Estado, sino que tiene la misma validez que la tarjeta de puntos del supermercado; y lo segundo, porque es fácil de falsificar, mucho más que la firma: sobre todo porque lo más normal no es encargar una pieza única a un artesano, sino comprar uno hecho en serie en cualquier tienda de las que abren 24 horas y, como pueden imaginar, son todos iguales.

Que uno no tiene nada en contra de la Filatelia y se siente medianamente atraído por los sellos, pero postales. Vamos que no me ofrece ninguna seguridad y que, más perros que Joseph, ya nos cobran los bancos suficiente dinero en concepto de tonterías como para, además, gastarme los cuartos en los caprichos que se les antojen. El hacerse un hanko debiera ser por ilusión, que para todo lo demás ya vale la firma.

Pero, si he de morir al palo, al menos moriré matando y, si puedo, me haré un hanko lo más provocador -con suerte incluso ofensivo- posible, con un dibujo al lado de mi nombre. De momento, he encontrado esto por la Academia, de los que usamos para las postales de año nuevo (ya saben, el año del perro) y me tienta la idea de acercarme al banco a ver si me lo aceptan. No tengo nada que perder y la cara que se les puede quedar tiene que ser impagable.

¿Les gusta?

martes, febrero 14, 2006

Sexo y chocolate (yo me remendaba rin rin)

Hoy, como cada 14 de febrero, se repite la tradición (inventada, como casi todas las tradiciones, por una compañía, chocolatera en este caso, hace aproximadamente medio siglo) de regalar chocolate en dos modalidades, ambas a cuenta de las bellas mujeres niponas.

La primera es el Majichoko (chocolate verdadero; antes, Honmeichoko: chocolate de la verdadera vida) y se regala a los hombres por los que sienten interés. El segundo, el Kanshachoko (chocolate de agradecimiento; hasta hace poco, Girichoko: chocolate de obligación) se regala a los superiores o a las personas que te ayudan desde arriba, como signo de respeto y agradecimiento, no es para seducir al jefe.

En occidente se habla de el día de los enamorados, pero, como todo el mundo sabe, el chocolate es un sustituto del sexo (los solitarios con alto estanding laboral pueden cantar lo de "yo me remendaba, yo me remendé"). Tal vez es por eso que aquí le quitan el San y la celebración se conoce a la inglesa, "Balentain", Valentin (no confundan San Valentín con Valentín-san). Estarán conmigo en que es una verdadera lástima que la costumbre se centre en el sustituto.

A servidor le han regalado Kanshachoko tres alumnas (uno de ellos hacho a mano) y Majichoko su mujer. Y aunque lo primero es clara señal de que no debo de enseñar tan mal, lo segundo hace sospechar que tal vez sea (todavía) menos guapo de lo que pensaba. No ha sido un éxito extensivo, pero sí intensivo. Vamos, que se agradece de corazón (de chocolate).

En la foto pueden contemplar la imagen de los paquetitos sin abrir. El rojo es el de Shizuka.




















Aquí los tienen abiertos: galletitas de arroz con una almendra y chocolate, bombones, chocolate fresco (con un 80% de cacao, me aseguran que el cacao adelgaza) y el chocolate elaborado en casa con arroz tostado e inflado.















Todo riquísimo.

lunes, febrero 13, 2006

Oreja, ¿belleza o pragmatismo?

Un conocido -para su descanso debo decir que sucedió durante su infancia- fue capaz de introducirse una mina de lápiz por un oído para ver si, tal y como decía su profesora, lo que le entraba por un oído, le salía por el otro. Así que me presuponía curado de espantos en cuanto a objetos introducidos por la cavidad auditiva. Además, justo cuando creía que ya lo tenía visto todo en Japón he podido comprobar hoy que andaba muy equivocado.

En la tradición de los mejores verduleros españoles, con su lapicero acomodado entre oreja y patilla, como si se trataese del mismísimo hombre del chiste del plátano, he compartido vagón con un abuelo que llevaba tres monedas de quinientos yenes ¡dentro de su oreja derecha!

Para que vean la nada desdeñable dificultad de la tarea, les dejo aquí una comparativa entre la susodicha moneda (anverso y reverso) y una púa de guitarra tamaño estándar.














Debemos, al menos, reconocer el pragmatismo de la idea. Sobre todo a unas edades en las que el oído empieza a fallar, reconsiderar el uso de un miembro corporal exige una inventiva poco usual.

Me ha dejado con la duda de si aceptaba donativos y, sobre todo, de saber qué llevaría en la cartera, pero todo el mundo sabe del mal genio que gasta la gente con oídos obstaculizados (Goya, Buñuel...), así que he preferido la incertidumbre a la sangre.

Si lo van a hacer en casa, recuerden que deben contar con la supervisión de un adulto. Visto que en el mundo existen diferentes tendencias: piercings, inserciones, deformaciones, bolsillo natural... se abre un interesantísimo tema de debate, la oreja, ¿debe ser natural, pragmática o decorada?

¿Ustedes qué piensan?

viernes, febrero 10, 2006

Rompecorazones

Entramos en la recta final hacia el día de San Valentín en Japón y, en consecuencia, todas las tiendas llevan ya tiempo repletas de chocolate, bombones e ingredientes para preparártelo todo en casa.

Sin embargo, nunca había encontrado una forma tan original de romper corazones durante esa jornada como la que proponen desde la pastelería Cherbon, junto a la estación de Kiyose. Sin duda, la sensibilidad con la que está planteada hace que nos demos cuenta del gran dominio que poseen del idioma de Sexpir, el bardo inmortal.

lunes, febrero 06, 2006

Manos arriba

Como aquella vetusta nobleza palaciega voy a acabar con la piel de las manos de color blanco pálido. Con las cosas que se oyen hoy en día no hago más que llevármelas a la cabeza, aunque sólo sea para asegurarme de que, al menos yo, todavía la tengo. Eso no puede ser bueno, pero peor sería dejarlas abajo.

André Breton decía en su Magia Cotidiana que la única forma de progreso consistía en hacer todo lo contrario a los demas. Ir, como Cristóbal Colón, en sentido opuesto. Pienso que, si esto se acompañara de un poco de raciocinio, los resultados se optimizarían.

La siguiente ilustración, realizada por Kan Takahama en el Salón del Cómic de Granada de 2004, me recuerda que este gesto no es nuevo para mí.



















Les actualizo la lista de enlaces, todos a sitios que merece mucho la pena visitar. Y sobre todo, piensen, desfagan entuertos, hablen, hagan incluso...